El
emprendimiento nos acompaña actualmente como nunca antes. Lo encontramos en
documentos generados por organismos internacionales, en las estrategias
nacionales de desarrollo de las naciones. Los Objetivos de Desarrollo del
Milenio, también define como metas la formación para el emprendimiento y la
promoción de políticas de apoyo al emprendimiento, en sus objetivos cuatro y
ocho. Desde diversos medios se nos invita e incentiva a ser emprendedores en
todos los ámbitos de nuestra vida.
La
educación superior es exigida de mayor impacto en el desarrollo local, nacional
e internacional. La inclusión del concepto, el espíritu y las prácticas
emprendedoras en las instituciones de educación superior; produjo tal vez como
ningún otro, un gran debate que incluye a los actores directos de la comunidad
universitaria, como a representantes de la sociedad, la economía y la política.
La
polémica acompaña la inclusión de este concepto en la gestión universitaria
desde que Burton Clark publicara su conocida obra Creating Entrepreneurial Universities. Organizational Pathways of
Transformation, en 1998. Es pertinente un abordaje del concepto de
emprendimiento antes de emitir criterios sobre su introducción en la práctica
universitaria.
Un trabajo del cual sugerimos su
lectura, por los elementos que aborda sobre el término y concepto de emprendimiento
y emprendedor, de la autoría de Arantaxa Azqueta Díaz de Alba, “El concepto de
emprendedor: origen, evolución e introducción”. Azqueta (2017), sitúa el origen
etimológico de los términos emprendedor, empresa y el verbo emprender, en los
términos del idioma francés entrepreneur, entreprise y entreprendre y que a su vez, estos proceden de la raíz del
latín vulgar in, en y prendĕre; que significan coger, atrapar y tomar. La autora, citando a Coromines, considera que
“El primer uso del verbo emprender documentado en castellano corresponde
a escritos aragoneses de los años 1030 y 1095 con el sentido de “tomó” (p.23). Cita la autora dos pasajes de Gonzalo
de Berceo en el siglo XIII, quien los utiliza como “engendrar” y “tomar”. (p.23)
Se incluye el término por primera vez en
un diccionario en el Dictionnaire universel, contenant généralement tous les
mots François, tant vieux que modernes & les termes des sciences et des
arts de Antoine de Furetière; con varias acepciones arquitecto, contratista
que abastece al ejército de alimentos y municiones y “empresario” marítimo o de
otros mercados que trabaja con un precio establecido (p.23) Azqueta también
siguiendo a la Real Academia Española (RAE), expone que “En castellano se incluye
por primera vez en 1732 en el Diccionario de Autoridades con el
significado de aventurero: “la persona que emprende y se determina a hacer y
executar, con resolución y empeño, alguna operación considerable y ardua” (p.25)
Actualmente el diccionario de la RAE, en
una de sus acepciones del término emprender
lo considera como “acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño,
especialmente si encierran dificultad o peligro”. Emprendedor o emprendedora
como “Que emprende con resolución acciones o empresas innovadoras”
como “Que emprende con resolución acciones o empresas innovadoras”
Diversas condiciones históricas han
limitado el concepto de emprendedor al campo de la economía. Esta es la raíz de
las críticas a su utilización en el ámbito educativo, por lo que volver a los
orígenes del término es esencial para su valoración en diferentes ámbitos
sociales.
“El
emprendimiento es una forma de pensar, razonar y actuar que busca dar respuesta
a las necesidades, destaca oportunidades, calcula el riesgo, se adapta al
cambio y a la multidisciplinariedad, se hace cargo de las situaciones con
visión global. Sin embargo, no se puede olvidar que la dimensión personal
dilata la perspectiva conceptual. De esta manera, el emprendedor es un
humanizador del entorno, un innovador, un facilitador de cambios. La
consecuencia es la creación de valor que beneficia a la persona, empresa, a la
economía y a la sociedad” (Azqueta, 2017, p.33)
Son
muchas las críticas y temores sobre la universidad emprendedora. Quizás la más
repetida y argumentada por sus críticos es la posible erosión e incluso
destrucción de la naturaleza de la universidad como institución formadora,
comprometida con la cultura no solo académica, sino toda la cultura acumulada
por el ser humano; y donde la educación no se concibe como una mercancía ni la
universidad debe concebirse como una empresa. Los docentes no son comerciantes,
ni los estudiantes son clientes. Y los procesos y resultados universitarios no
deben adecuarse a las necesidades de las empresas.
Criterios
válidos que nacen de una legítima preocupación por el futuro de las
universidades y también de la sociedad. Pero que se sustentan en el estrecho
marco de la concepción del emprendimiento empresarial, con finalidad únicamente
económica. Invitamos a pensar en el emprendimiento universitario (la universidad
emprendedora), como un factor de transformación, como una propuesta positiva
para el mejoramiento de los procesos formativos en las universidades y de las
propuestas de estas instituciones que contribuyan a la solución de los
problemas de su entorno.
Bibliografía
1. Azqueta Díaz de Alda, A. (2017). En Simposio Internacional El Desafío de
Emprender en la Escuela del Siglo XXI (21-39), Sevilla, España: Universidad de
Sevilla.
NO SOMOS PROCLIVES A ACEPTAR LA «IMPORTACIÓN» DE TERMINOLOGÍA DE OTRAS ÁREAS DEL CONOCIMIENTO PARA EXPLICAR O DEFINIR FENÓMENOS Y PROCESOS DE LA EDUCACIÓN, PERO EN ESTE CASO CREO QUE VALE LA PENA VALORAR LA POSIBILIDAD DEL CONCEPTO DE «EMPRENDIMIENTO» COMO PRÁCTICA EMERGENTE EN EL CAMPO PEDAGÓGICO.
ResponderEliminarParece ser que el emprendimiento, como categoría derivada de la economía de la educación trasciende el marco empresarial y se concreta en la práctica pedagógica como función profesional en la gestión educativa y pedagógica, considerar planes y programas de estudio como propuestas emprendedoras, supone una manera distinta de comprender el concepto de «emprendedor» fuera del campo de la economía e insertarlo en el de la educación universitaria, es romper con los condicionamientos históricos que han limitado su utilización en este ámbito, volver a los orígenes del término es esencial para su valoración en diferentes ámbitos sociales. Veamos el siguiente planteamiento: «El emprendimiento es una forma de pensar, razonar y actuar que busca dar respuesta a las necesidades, destaca oportunidades, calcula el riesgo, se adapta al cambio y a la multidisciplinariedad [Nota: nosotros agregaríamos también la inter y la transdisciplinariedad], se hace cargo de las situaciones con visión global. Sin embargo, no se puede olvidar que la dimensión personal dilata la perspectiva conceptual. De esta manera, el emprendedor es un humanizador del entorno, un innovador, un facilitador de cambios. La consecuencia es la creación de valor que beneficia a la persona, la empresa, a la economía y a la sociedad». (Azqueta, 2017, p.33).
Desde estos puntos de vista parece posible ampliar el estrecho marco de la concepción del emprendimiento empresarial con finalidad únicamente económica y pensar entonces en el emprendimiento como un factor de transformación, como una propuesta positiva para el mejoramiento de los procesos formativos que puede repercutir en la conversión de profesionistas en auténticos agentes de cambio que contribuyan a la solución de los problemas de su entorno.